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miércoles, 22 de junio de 2016

NÁPOLES. La Ciudad y los niños.

He viajado a Nápoles 3 días, tiempo insuficiente para tener de una ciudad algo más que una vista panorámica, aunque sea mi segunda vez.

Mas quiero traer aquí este texto de hace algún año,  aún actual, elaborado en el Centro Social DAMM, del barrio napolitano de Montesanto, una referencia okupada llena de vida y actividad en zonas marginales:


´Foto de Marisa Perón.
"Nápoles, ciudad de los niños” ha sido uno de los lemas de algunas campañas electorales de los partidos de centro izquierda y ahora es el nombre de un proyecto del Ayuntamiento. Pero Nápoles no es la ciudad de los niños. No es de los niños una ciudad en donde las escuelas separan desde el principio a los “buenos” de los “malos”; en donde las plazas y las calles no son utilizables para jugar y los espacios públicos están llenos de guardias y vecinos intolerantes; en donde la solución al miedo de los adultos es la segregación de los niños.

     Divididos entre casa y escuela, para estos niños la ciudad es desconocida: una entidad indefinible hasta la adolescencia avanzada. Pero entre ellos hay una minoría que sigue utilizando la ciudad: desatendidos o huyendo de pisos pequeños y opresivos y de padres que no tienen recursos para controlarlos, estos niños ocupan habitualmente las calles interiores, los patios y las plazas de los barrios; allí establecen el centro de su vida, entre el tiempo de la escuela y el de la familia.

     El Estado no considera normales a estos niños y los define “de riesgo”. El uso de este término es el primer paso para encerrarlos en un ghetto. En las calles de la ciudad hay una guerra no declarada entre estos niños y los adultos: si ellos ocupan el espacio delante de una iglesia, al día siguiente el cura lo manda llenar de enormes floreros;  cuando una placita interior acaba de transformarse en campo de juego,  ya llega la guardia urbana a desalojarlos; en los parques, hasta los sitios más escondidos están bajo vigilancia; los niños se “arman” –de spray, huevos o petardos-  depende de la estación o de la moda, y a pie recorren la ciudad. Hay quien habla de pandillas...

     La represión de estas energías está organizada en las clásicas estrategias policíacas o a través de las políticas sociales. En este segundo caso la tarea de vigilarlos está confiada (con algunos millones) a la administración de la ciudad. Esta pide ayuda a asociaciones y cooperativas que ofrecen el servicio. En cada barrio hay una red de asociaciones. Cada niño de calle está vigilado al menos por dos jóvenes, hasta aquel momento sin empleo. Estos jóvenes no están preparados para atender a estos niños. Esto es bueno, porque los niños pueden ignorarlos fácilmente. Pero también es malo, porque en una formación oportuna se podría trasmitir la importancia de una relación abierta y paritaria; la actitud de ser receptivos con los más pequeños. Es muy raro que en la formación de los futuros educadores se haga una evaluación respetuosa del punto de vista del atendido y de su cultura. Lo que falta es sobre todo la participación de los que, de hecho, no son más que usuarios. Dar vueltas, escuchar, conocer los problemas, presionar a aquellos que los pueden resolver, encontrar soluciones, todas estas son cosas que necesitan otro modelo de trabajo.

     Cuando el Plan Infancia está listo la Administración declara que sirve para normalizar a los niños de riesgo. Los servidores del Estado se limpian la cara mientras rompen el ghetto que ellos mismos han creado. Se da trabajo (precario y mal pagado) a muchos jóvenes y asistencia a los pequeños... Sin embargo, de estas hazañas siempre se conoce sólo el comienzo y nunca el desarrollo ni los resultados finales. Alrededor todo queda igual, siempre son los mismos los que rechazan la escuela o los que son rechazados por ella; en las escuelas en donde los alumnos hablan el dialetto el nivel de la didáctica siempre es el más bajo; en los barrios falta un referente de confianza ante los conflictos con las instituciones; falta un apoyo escolar y psicológico; centros deportivos gratuitos; espacios públicos sustraídos a los coches o a las largas listas de prohibiciones y a las amenazas del vecindario.

     Para los niños, en la calle, el único modelo de relación es la ley del más fuerte. Los que hacen trabajo político y social desde la base corren el riesgo de quedar machacados entre dos modelos intolerables: el de la legalidad/coerción del Estado, a lo que los niños fingen adaptarse, y la ley de la calle, la del “pez grande que se come al chico”.

     Pero también se pueden crear en la calle relaciones diferentes. También tenemos ejemplos de niños y familias que utilizan la calle de manera inteligente y con parsimonia. Y sabemos que la mayoría, cuando crecen, más que camorristi (mafiosos) se vuelven simplemente adultos desconfiados, pues desde muy pequeños han sido desvalorizados y desalentados, y se encuentran frente a las pocas posibilidades que la vida les ofrece con pocas herramientas y sin saber utilizarlas.

     En este momento los únicos que pueden estrechar un vínculo, estableciendo recíproca confianza con los niños “peligrosos”, son los que entran en contacto con ellos. Esto es más fácil que pase en la calle, de manera informal, y menos en la escuela, en donde los papeles ya están definidos; y todavía menos en las organizaciones de intervención social, que han ocupado rápidamente todo el espacio del tercer sector para hacer sus negocios.

     Algunas luchas todavía se pueden hacer, por parte de entidades que elijan empezar desde la infancia para criticar el modelo de relaciones y la práctica política dominante; que sean gestionadas colectivamente por sus miembros y privilegien una rigurosa autoinformación; que sepan difundir su modelo sin que crezca la burocracia y sin crear dependencias; que para hacer esto sepan disolverse y renacer, reconstruyendo siempre nuevas identidades. De su acción política y social y de su intervención esperamos mucho y en esta dirección trabajamos.
 
(Texto que proviene del Centro social DAMM, 
Diego Armando Maradona Montesanto, en Nápoles).

  
Algunos de sus personajes:
Maurizio Braucci nació en 1966 en el rione Montesanto de Nápoles. Escritor, poeta, también ha realizado vídeos, y fue uno de los fundadores del centro social “DAMM – Diego Armando Maradona Montesanto”. Promotor de laboratorios en lugares de extrema marginalidad –escuelas en la periferia este y norte, cárceles- ha escrito el texto de un espectáculo teatral (“Sete” representado incluso en la cárcel de Volterra). Il mare guasto, 1999, Edizioni E/O, fue su primera novela. Con la misma editorial publicó en el 2004 Una barca di uomini perfetti.
    Es uno de los autores más interesantes y originales de la nuevo panorama literario italiano. Colabora con la revista Lo Straniero y con la redacción napolitana del diario Repubblica. Trabaja como autor y montador de documentales de video y promueve proyectos socioculturales para adolescentes. 

Pietro Marcello: Trabajó en el inicio del DAMM. Dice de esa etapa: Fue una oportunidad única para estar en medio de la gente, para darme cuenta de que el cine no sólo tiene que ver con cuestiones técnicas, sino también con las vivencias. En nuestras películas llevamos nuestras historias, tanto personales como comunitarias, y las experiencias vitales toman forma a través del cine. Lo más importante es interrogarnos profundamente sobre si hay algo que decir o plasmar al hacerlas. Si no lo hay, no merecen la pena.
                     

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