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miércoles, 30 de agosto de 2017

¿QUÉ COSECHA UN PAÍS QUE SIEMBRA CUERPOS?



                                              “Nada es igual si alguien desaparece”. 

                                                          (Amnistía Internacional)




                      
Hay una herida social que no cura ni cicatriza bien, la de nuestros desaparecidos.



   Las víctimas de prácticas totalitarias y acciones represivas, las desapariciones forzosas que los gobiernos militares y civiles se niegan a admitir así como su responsabilidad sobre el destino o el paradero de las personas que dejaron de estar. 



 




   ¿Quién pedirá justicia cada día por la Operación Cóndor en Argentina, por los desaparecidos de Chile, de Brasil, de México, de Honduras, de Guatemala, de El Salvador, de la Venezuela de Raúl Leoni?

     Los estados no rinden cuentas, no revelan la verdad, no castigan a los responsables, no piden perdón…
 
     Se lavan las manos manchadas de sangre y siguen ejerciendo el poder, se burlan de nuestro dolor.

     Y nos duelen todos los que levantaron la voz por la justicia y la igualdad y que, por ello, fueron perseguidos, acosados, apresados, torturados y, por si no bastaba, desaparecidos.

     Piensan que hay que escarmentar a los que se alzan, a esos revolucionarios que son “peligrosos”. No quieren permitir que sean héroes ni mártires.

     “Primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después … a sus simpatizantes; enseguida… a aquellos que permanecen indiferentes, y finalmente mataremos a los tímidos”. 

    Esto dijo Ibérico Saint Jean, general del ejército de Videla y gobernador de la Provincia de Buenos Aires,  en mayo de 1977. Murió en 2012, a los 90 años.

      Se dice que quemaron cadáveres en un horno de “Los Cabitos”, en Ayacucho.  
  
     Investigaciones fiscales determinaron que peruanos de lengua quechua fueron llevados allí  donde fueron asesinados, acusados sin pruebas de ser senderistas.

     Hay “Comisiones de la Verdad”  que testimonian que muchos de los desaparecidos fueron arrojados a barrancos, a los botaderos donde madres y esposas revisaban los rostros de los cadáveres para reconocerlos.


     O al mar, donde nadie podrá recuperarlos.

     El 26 de septiembre de 2014 pasó a la historia de México. 

     Murieron 6 jóvenes y desaparecieron 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa, en Iguala, Guerrero, sur de México. Parece que fueron interceptados por la policía y entregados a bandas vinculadas al narcotráfico que los mataron e incineraron en el basurero de Cocula, localidad cercana.

    Pero muchas de sus familias no quieren creer que no estén vivos.

    Habían viajado para participar en una protesta.
      
     Y desparecieron, como los hijos de las madres locas, y pronto dirán que ni siquiera nacieron.
    
    Hay más de 2.000 historias de hijas desaparecidas en Ciudad Juárez: "En Juárez sabemos cuando salimos, pero no si vamos a volver..."

        Las desapariciones se convierten a menudo en política de los gobiernos. 

     También en China, en Rusia, en Europa... 

     Ahí están nuestros "Papeles de Salamanca", documentos que dejan constancia de lo que durante la guerra civil española se hacía con la información sobre personas y grupos objeto de persecución (Causa general contra la Masonería y el Comunismo) y que justificarían el "alzamiento nacional".

    Y nuestros muertos en las cunetas y en fosas comunes.

    Y la lucha por la "Memoria Histórica", ese concepto ideológico e historiográfico desarrollado por Pierre Nova y que designa el esfuerzo consciente de los grupos humanos por encontrar su pasado.

   Pero existe también una memoria colectiva. (M.Halbwachs)

   Por eso clamamos por los desaparecidos, imnumerables, en nuestro Mediterráneo.

   Por todos los bebés robados. 


Foto: Mariam del Toro. (Melilla)
   Por los niños y niñas que, en la actualidad,  son "expropiados" de sus familias por las instituciones sociales de las comunidades autónomas españolas, en algunos casos de forma demostradamente perversa.  

   Por los niños que viven en la calle y no son atendidos por las administraciones responsables de su tutela, porque ellos también están desaparecidos de la vida común.

  Y por los invisibilizados, los que estando a nuestro lado, están desaparecidos del espectro social: Los habitantes marginales de las barriadas como el Gallinero, los y las presas, las personas interngénero (genderqueer), las trans,  las sin techo... En fin, todos los que hacemos desaparecer de nuestro entorno solo con ponernos la venda en los ojos.
  
 ¿Cómo imaginar la angustia y el sufrimiento de quien busca a alguien, de quién no sabe qué pasó con alguna persona, como creció, cómo murió, si vive aún, si sufrió mucho antes de...?

  
       Y no volveremos a tener noticias, no llegaremos a saber qué ocurrió con ellas.  
 
       Los recuerdos nos confirman que hemos vivido.
 


      La desaparición forzada es un crimen aberrante e inhumano que viola todos los derechos elementales de una persona. 
  
  
"¿Qué cosecha un país que siembra cuerpos?", grita la pancarta.

    Ojalá brote la justicia que quisieron hacer desaparecer.





    UNA VEZ MÁS volvemos a reclamar la responsabilidad de los Estados por los crímenes de violación de los derechos humanos.   



    
 ¡No a la impunidad!