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martes, 15 de julio de 2014

DE MALANDROS Y MALANDRINES.






  
  "No nos dejes caer en vicios, ni nos atrapes en la noche sin salida; que podamos dominarnos y no confundamos abuso con felicidad, que el dinero no sea nuestro baluarte, que no se opaque el amor por el materialismo, que la alegría nos de la salud y nos descargue..."


             (Oración a Ze Pelintra, espíritu ancestral del Candomblé y otras liturgias)





         Como en la historia de todos los mitos, algunos datos parecen incompatibles entre sí, pero la esencia es perfectamente narrable. Son muchas y diversas las historias que se cuentan sobre la vida y la muerte de este personaje.


        Zé Pelintra, al que se conoce por varios nombres y diferentes orígenes,  parece ser que nació en Pernambuco,  aunque algunos le pretenden bahiano.     
 
       Hijo de una esclava y del amo de ésta, a los 3 años perdió a su madre, creciendo en las rúas en compañía de gentes de la calle  y siendo el chico de los recados de las prostitutas.
 


Le atribuyen oficios de minero, cargador de carbón en el tren, estibador en el puerto, dueño de un cabaret y otras ocupaciones  poco esclarecidas.


          En lo que sí hay común acuerdo es en que, desde muy joven, le gustaba beber y jugar y, sobre todo,  las mujeres... Gustaba mucho de las mujeres, a quienes cuentan que trataba como a reinas... Y que su símbolo era la luna.


        Manejaba la faca como nadie, pero en una pelea, y eso que era experto en ellas, hirió al otro, teniendo que huir de su lugar apareciendo en otro, recalando en la ciudad maravillosa, Río... Allí hizo suyo el barrio bastión de los marginados y las mujeres de moral distraída, que no podía ser otro que  Lapa.
 
Era feliz, o así lo afirmaba, lo que casi da lo mismo.




Amaba a sus chicas, el ron y la cachaça, ese aguardiente de caña (agua-ardiente) y era en la noche cuando vivía.


Jugaba a las cartas para ganar, sin engañar ni a los incautos, disfrutando de la timba, y fumando cigarrillos con su ademán de bohemio crónico.


      Y gustaba de bailar, era su cuerpo entero un ritmo armoniosamente bien distribuido, y la samba se mezclaba con la malicia de la capoira. La armonía de su cuerpo se reflejaba al sintonizarse con los acordes de la música. Eros y Afrodita, en conjunción, eran entonces él y la mujer que hubiese elegido para el baile. Cuerpos humanos en un complicado engranaje que trasmitían un impulso vital desde la respiración al abrazo, desde la mirada lejana a la que se enciende de deseo.


          Sabía que el gran arte de la vida es levantarse después de caer, sonreír tras la decepción, nunca desanimarse ... Y así se paseaba tocado con su chapeau "panamá", traje completo de color blanco, ése que retaba a luchar sin mancharlo,  elegancia impecable, dándole dignidad al negro, que ya no es sometido. Y noche tras noche,  rey de la Lapa.




           Hasta que conoció a Amparo, la esposa del sargento Saverio,  que le dejaba absorto al pasar delante de él, aunque nunca le regalase una mirada.


            Dejó de beber, de ir con otras mujeres, mostrándose entre sus amigos como el más enamorado.

           Pero una noche, el sargento fue a buscarle dispuesto a defender el honor y le enseñó el cuchillo. Cuentan que el soldado se vengó apuñalándole por la espalda, aunque otras versiones mantienen que a Zé le mató una mujer por celos, de siete cuchilladas.


        Lo cierto es que unos amigos lo encontraron ya agonizando y como conocían que era devoto de Lemanjá, colocaron su cuerpo en una barca y lo lanzaron al mar.


       "Malandro" es un término multívoco. En Brasil, es la etiqueta de una persona con estilo de vida entregada al placer, la bohemia, la fiesta. Es el arquetipo inmortalizado por Chico Buarque en su "Ópera del Malandro", una pieza llena de acidez, en contra del poder y la corrupción, portadora de algunas de las composiciones más populares de la samba y la bossa nova.      


          En otros países se mira con menos simpatía, siendo sinónimo de delincuente y  rufíán,  De donde he venido, se dice que el "malandragem" es la alegría de vivir, la espontaneidad, lo que no hace mal a nadie.

        Y  es la figura de Zé Carioca en la película animada de Walt Disney,  que parece fue inspirada por él también.

 
     Volviendo a la historia, tras su muerte arranca otro aspecto de la leyenda, la más espiritual, conveniente al carácter brasileño, incorporándolo al culto de las religiones tan antropológicamente llenas de matices, y su figura impregna el imaginario popular. Zé tiene sus propios rituales de la estructura animista. Lo han convertido en el espíritu patrono de los bares, locales de juego y alterne, visionándole siempre con cigarrillos finos y una copa en la mano. Pero su única doctrina se refiere a la tolerancia, al respeto al ser humano base fundamental para el progreso de cualquier sociedad. El amparo a los débiles, la sonrisa de los niños, la protección de los desamparados, hacen que a mí me merezca tanto respeto  este malandro y que levante mi vaso a su salud: ¡Salve a los malandros, salve al malandraje!



Guía de las personas que lo necesitan, les lleva por el camino que han de tomar. Y así debe ser , puesto que desde el principio de los tiempos sabemos que los dioses, los semi-dioses, los héroes, las musas, los genios y los humanos, formamos parte de un mismo TODO.



















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