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jueves, 10 de septiembre de 2015

CUANDO EL NIÑO ERA NIÑO...


                                     "Mirar desde arriba no es mirar.  
                                                       Hay que mirar a la altura de otros ojos."   
 
      

        Malos tiempos éstos nuestros en que las imágenes que nos llegan cada día no son capaces de resquebrajar los cimientos de nuestro sistema.
 
        Mientras observo las noticias que me esperan para emitirse en el canal de accesibilidad, me llega el recuerdo de aquella mítica película de 1987, "El Cielo sobre Berlín", de Wenders.  En ella, dos ángeles observan el mundo, aunque no pueden intervenir en nuestras vidas, solo a veces acercarse  a los humanos para reconfortarles en momentos de dolor.
 
         Dos ángeles sobrevolando Berlín sobre el muro de la vergüenza,  Damiel y Cassiel,  que escuchan el rumor bullicioso del mundo, entre la muchedumbre que llena calles, autobuses, metro, torres de pisos. Un mundo hecho de sensaciones, dolor y felicidad donde los niños podrían preguntarse: ¿Por qué yo soy yo y no tú?,
¿por qué estoy aquí y no allí?”.
 
          Recuerdo una escena que me impactó en la que uno de ellos, Damiel, consuela con un poema a un moribundo tras un accidente de tráfico. Y la sensación que me dejó aquel deseo de uno de los protagonistas de formar parte de la vida humana, tan intenso que incluso está preparado para sacrificar su inmortalidad.
 
Foto: ANTONIO RUIZ.
 
        Mientras mis ojos se posan en los acontecimientos del día, pienso en esos personajes sobrevolando ahora, hoy, otros lugares de Europa, otros muros de la vergüenza sangrantes y asesinos, fronteras no entre lo humano y lo divino, sino entre los propios seres humanos, incapaces de reconocerse, todos, como seres extraordinarios.
 
        La película comienza con un poema escrito por Peter Handke, para la primera escena. Aquí os lo dejo,  en las propias palabras del poeta,
para que no olvidemos la Canción de la niñez.

     
 
Cuando el niño era niño andaba con los brazos colgando,
quería que el arroyo fuera un río,
que el río fuera un torrente y que este charco fuera el mar.
Cuando el niño era niño no sabía que era niño,
para él todo estaba animado
y todas las almas eran una.
 
Cuando el niño era niño no tenía opinión sobre nada,
no tenía ninguna costumbre,
se sentaba en cuclillas,
tenía un remolino en el cabello,
y no ponía caras cuando lo fotografiaban.

 Cuando el niño era niño era el tiempo de preguntas como:
¿Por qué yo soy yo y por qué no tú?
¿Por qué estoy aquí y por qué no allí?
¿Cuando empezó el tiempo y dónde termina el espacio?
¿Acaso la vida bajo el sol no es sólo un sueño?
Lo que veo y oigo y huelo,
¿no es sólo la apariencia de un mundo ante el mundo?
¿Existe de verdad el mal y gente que realmente son malos?
¿Cómo puede ser que yo, el que soy,
no fuera antes de devenir,
y que un día yo, el que yo soy,
no sea más ese que soy?

Cuando el niño era niño le costaba tragar las espinacas,
los chícharos, el arroz con leche y la coliflor al vapor,
y ahora come todo, no sólo por necesidad.
Cuando el niño era niño alguna vez despertó en una cama extraña,
y ahora lo hace seguido.
Muchas personas le parecían bellas,
y ahora, sólo en ocasiones, con suerte.
Imaginaba claramente el paraíso,
y ahora, como mucho, lo adivina.
No podía pensar en  la nada,
y hoy se estremece ante ella.
Cuando el niño era niño jugaba entusiasmado,
y ahora se concentra como antes
sólo si se trata de su trabajo.
 

Cuando el niño era niño las manzanas y el pan
le bastaban de alimento,  y todavía es así.
Cuando el niño era niño las moras le caían en la mano,
como sólo caen las moras,  y asi es todavía;
las nueces frescas le ponían áspera la lengua,
y así es todavía;
encima de cada montaña tenía el anhelo de una montaña más alta,
y en cada ciudad el anhelo de una ciudad aun más grande…
y siempre es así todavía.
En la copa del árbol tiraba de las cerezas
con igual deleite lo hace hoy todavía;
se asustaba de los extraños como todavía se asusta;
esperaba las primeras nieves y todavía las espera.
Cuando el niño era niño
lanzó un palo como una lanza contra el árbol,
y hoy vibra así todavía.
 




     


 
         
 

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