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miércoles, 2 de septiembre de 2015

HERIR LA SENSIBILIDAD...



        Las imágenes que nos llegan estos días y otras que vemos ya hace tanto tiempo de personas en permanente sufrimiento, hieren la sensibilidad.

       Ese camión abandonado en Austria donde 71 personas viajaban tras recorrer medio mundo en busca de refugio y asilo al que sin duda tenían derecho colocadas como en un juego de “tetris” macabro, hasta que encontraron un final que estremece recordar, hiere nuestra sensibilidad.


      Las niñas y niños que caminan interminablemente  para llegar ante las alambradas y las distintas formas de muros de la “vergüenza” que tratan de cerrarles la puerta a la esperanza y al  futuro, hieren la sensibilidad.

       Los pequeños flotando en las aguas del mar, o muertos en las playas, nos hieren indudablemente la sensibilidad.



    Pero… ¿qué es la sensibilidad? Según las definiciones, es “la facultad de sentir, propia  de los seres animados. Y la propensión natural del hombre a dejarse llevar de los afectos de compasión, humanidad y ternura.

     Por eso, es normal que nos impacten las imágenes que los medios nos acercan, al mismo tiempo que exigimos a los reporteros que nos muestren la realidad de lo que ocurre.

     Queramos o no, todas esas imágenes nos interpelan, porque, querámoslo o no, todos somos parte del conflicto y parte de las consecuencias.

     Entonces, lo que sentimos ¿es sensibilidad o sensiblería? Es decir, ¿sentimos la pena y el dolor o tenemos un sentimentalismo exagerado y “trivial”?

      Cuando hablamos de las víctimas… ¿sabemos que etimológicamente nos estamos refiriendo  a la persona destinada al sacrificio o que padece daño por causa ajena?

    Desde mi retiro, he observado una manifiesta preferencia por no ver, no oir, no sentir todo ese daño que somos capaces de crear a nuestro alrededor. Queremos evitar la angustia que nos puede suscitar la violencia, la tortura psicológica, la constante vulneración de los derechos humanos, porque nos duelen las entrañas al ver a ese pequeño sin vida, o el puzzle que lleva a otros a la muerte ya sea en una embarcación o en un camión, para el lucro de muchos europeos.

        Sinceramente creo que mientras no seamos capaces de mirar a los ojos de las persona, reconociendo su dolor y aceptando la culpabilidad que tenemos en todo este genocidio y horror, mientras no militemos seriamente por evitarlo y porque se respeten sus derechos, nos estamos escandalizando de un modo muy cómodo y el taparnos los ojos ante las imágenes es pura frivolidad.


Tal vez sea por eso que no queremos verlas, que nos ponemos la venda, ya que, de mirarlas de frente, nos comprometerían a dar un paso adelante.

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