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lunes, 10 de octubre de 2016

CONTRA TODAS LAS PENAS DE MUERTE


La Pena De Muerte.


Fui lapidada por adúltera.

Mi esposo, que tenía manceba en casa y fuera de ella,

arrojó la primera piedra,
autorizado por los doctores de la ley y a la vista de mis hijos.



Me arrojaron a los leones
por profesar una religión diferente a la del Estado.



Fui condenada a la hoguera, culpable de tener tratos con el demonio,
encarnado en mi pobre Cuzco negro,
y por ser portadora de un lunar en la espalda, estigma demoníaco.



Fui descuartizado por rebelarme contra la autoridad colonial.


Fui condenado a la horca por encabezar una rebelión de siervos hambrientos.
Mi señor era el brazo de la Justicia.



Fui quemado vivo por sostener teorías heréticas,

merced a un contubernio católico-protestante.


Fui enviada a la guillotina porque mis Camaradas revolucionarios

consideraron aberrante que propusiera incluir

los Derechos de la Mujer entre los Derechos del Hombre.


Me fusilaron en medio de la pampa, a causa de una interna de unitarios.



Me fusilaron encinta, junto con mi amante sacerdote,
a causa de una interna de federales.


Me suicidaron por escribir poesía burguesa y decadente.



Fui enviado a la silla eléctrica a los veinte años de mi edad,

sin tiempo de arrepentirme o convertirme en un hombre de bien,

como suele decirse de los embriones en el claustro materno.



Me arrearon a la cámara de gas
por pertenecer a un pueblo distinto al de los verdugos.



Me condenaron de facto por imprimir libelos subversivos,
arrojándome semivivo a una fosa común.

A lo largo de la historia, hombres doctos o brutales
supieron con certeza qué delito merecía la pena capital.
 

Siempre supieron que yo, no otro, era el culpable.  

Jamás dudaron de que el castigo era ejemplar.

 

Cada vez que se alude a este escarmiento,

la Humanidad retrocede en cuatro patas.




("La pena de muerte".- María Elena Walsh)



Foto: José Palazón
        Hoy día, además, condenamos a la pena de muerte, con las políticas migratorias, a todos aquellos que se ven obligados a huir de las guerras, de la hambruna, de la persecución y la violencia; les arrojamos al mar, les negamos la supervivencia, rajamos sus carnes con cuchillas para que se desangren y mueran torturados...  

      Solo la suerte, la providencia, o como cada uno quiera nombrar a la carambola que a veces hace que sobrevivan a todo eso, puede cambiar su destino.
           Como en la Edad Media, seguimos practicando el "Juicio de Dios".






 
Foto: Santi Palacios.

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