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miércoles, 4 de julio de 2012

TÁNGER, EL VERANO


                "Nos sorprendemos soñando  que los tiburones 
                            no son perjudiciales en todas las circunstancias".

 

              Inmersa estos días en la clasificación de notas, apuntes, reflexiones y documentos que he ido recopilando y elaborando en Tánger durante la última semana, encuentro el escrito de Lotfi Akalay, enviado por Ahmed Benani, que me ha hecho revivir sensaciones  y evocar las cosas que también he visto y, además, sonreir a veces gracias a su maravillosa forma de contar la realidad, al mejor estilo de la sátira social, así como apeciar toda la crítica que conlleva. Lo comparto aquí, traducido, y lo adorno  con fotos que acabo de hacer yo misma en esa querida ciudad y sus alrededores.

Tánger, el verano



"Oíd, buena gente, los marroquíes residentes en el extranjero han llegado! Antes de ser MRE, los etiquetábamos con la sigla de Trabajadores residentes en el extranjero, TME, pero son menos numerosos  los que trabajan, la crisis obliga, entonces  la T de trabajo se sustituyó por R de descanso (Repos, en francés).  Además, a las R de descanso,  el MRE  se las  encuentra en un número considerable lo largo de su viaje en la autopista que une Tánger y Casablanca.


Cuando el MRE desembarca del ferry que viene de Algeciras, grande es su sorpresa porque la primera cosa que nota, es que el aduanero tiene dientes. Nuestro emigrado no se había dado cuenta de eso hasta que, por primera vez en su existencia, ha visto  sonreír a un aduanero. Esto es la prueba de que cualquier cosa puede suceder. Pero lo que el MRE todavía no sabe, es que la sonrisa desaparecerá durante  la fase de retorno. Su coche será peinado, y detenido por  la resina de cannabis disimulada bajo los asientos  o en el interior del neumático de repuesto.
Los tres o cuatro primeros días, el MRE conduce prudentemente  su Mercedes de decimocuarta mano. Se detiene en los stops, en los semáforos de luz anaranjada, deja pasar al peatón que no cree lo que ven sus ojos hasta el punto de negar a veces la prioridad que le es concedida de atravesar la calzada, desconfiando y con razón, Consciente de que el combate del frasco de carne contra el frasco de chapa no produce a la ventaja de su bidoche. Nuestro MRE mantiene el celo del civismo hasta estacionarse reglamentariamente, accionar su luz intermitente al comienzo, y todo esto por temor del policía belga o neerlandés que todavía dormita en las circunvoluciones cerebrales de su cavidad craneana. Y luego, de la forma más repentina, una hermosa  mañana de agosto, se despierta sobresaltado. Lo natural se esconde bajo el color cobrizo de su piel, como una urticaria,  con una  brusca erupción  y extiende su prurito Made in Morroco (Hecho en Marruecos): " ¡ pero estoy en casa! ¡ En el país del desorden! ¡ Viva la libertad! " Oh, el caso es que le faltaba aquella libertad, la libertad, está presente, la que querías allá; los vagabundos, para la inmensa mayoría enfermos mentales, deambulan por la calle de la Libertad, que jamás ha llevado tan bien su nombre. Se pasean, con la verga fuera como un cuco suizo, un sexo mugriento que oscila bajo la influencia de la gravedad como péndulo de goma para el que la ley de la gravitación no tiene ningún  secreto, balanceándose  al aire,  también libre.
 
En Europa tales artimañas habrían sido reprimidas por ultraje al pudor; pero aquí, imposible actuar con rigor por esta razón evidente de que para parar al infractor, hay que comenzar con tacto. Como con un cocodrilo. ¿Qué policía se  atrevería a poner su mano sobre la  espesa corteza de roña de este despojo humano? Una única solución: dotar a nuestros agentes de la autoridad de  una red, como a los gladiadores del Coliséo bajo el reinado de Tito


Por tanto,  les decía que el MRE encontraba orgullosamente su identidad, se convierte en marroquí en todo su esplendor. O para su horror, elegir de acuerdo a su estado de ánimo. Desde entonces, una conciencia brutal impulsa a nuestro hombre a la  vez en  el corazón de su égo, su ego y su yo secundario. "Ana", ese soy yo en árabe, de donde viene una vuelta fuerte al estadio "ana". Los semáforos se convierten en meros objetos decorativos que le guiñan el ojo, y "stop" se convierte en  "acelerar". Pero lo que mantiene la preferencia del automovilista por las emocionantes  delicias de la anarquía, es el estacionamiento en segunda o tercera fila para saborear mediante un dirham los higos chumbos que  le tiende el vendedor-mondador mientras suspira por lo mal que conducen los marroquíes, qué poco cuidadosos del código de la circulación son y hasta dónde la falta de civismo aún causará estragos.

Cuando un automovilista levantan el dedo de la bocina, o es para expedirle un torniscón al pequeño Hicham que berrea detrás porque se le negó el quinto chocolate Kinder, o es para limpiarse laboriosamente las profundidades de sus ventanas nasales  y depositar sobre el panel de control el producto brillante  una  vez, quiero decir reluciente, de su cosecha nasal. Nuestro valiente MRE verá menos basura a lo largo de las aceras porque, acudiendo desde las cuatro esquinas del país - que  tiene cinco - los mendigos están  sentados en la misma. Sí, desde los primeros calores estivales, Tánger recibió un cargamento  importante de mendigos como café   fresco  100 % arabicot. Están allí, en cuclillas a los puntos estratégicos, aglutinados a la entrada de las mezquitas y de las panaderías, la mano extendida,  tartamudeando con una voz lastimera que la ida para el paraíso se finiquita  este verano, aquí, en Mendicity.

En la playa, la mujer en bikini de  una pieza, única, que va desde la parte superior del cráneo hasta debajo de los tobillos, permanece inmóvil, envuelta de pies a cabeza  con una tela de un tejido que tiene la alegría de la mirada de un pequeño Kosovar que se entera de que es huérfano. Bajo el quíntuple ojo vigilante de su Serbio-Hutu-Israelín-Afrikaner-Taliban de marido, ella no deja aparecer por  el estricto diminuto microscópico   para no morir de asfixia, más que la nariz, la boca y, accesoriamente, los ojos si el Señor es liberal. Cada verano la bahía de Tánger se se transforma en la bahía de Kabul.

Mientras que su capotable esposa vigila su camada de niños, el marido, barbudo feliz, con su negro vellón ofrecido al sol, se lanza zambullida tras zambullida. ¡ Ah! Que más da que el agua esté fría cuando se es un jefe, un patrón, un hombre en suma. Hace lo que quiere, y su mujer, que  exactamente  tiene los mismos derechos que él, hace,  también, lo que él quiere. Sólo los incrédulos hacen de la mujer un  simple objeto de placer, mientras que la suya es mucho más que esto, ya que  se considera que es a la vez su criada, su modista, su cocinera, su lavadora, su planchadora y, por último pero no menos importante,  su montura. ¡ Hay que saber unir lo útil con lo agradable, que diablos!

En su prisión de algodón-polyester-viscosa, la mujer del barbudo sudando copiosamente, con los ojos clavados sobre la arena fina. Prohibición  absoluta bajo pena de paliza bien merecida, de chocar de frente la mirada lúbrica de los hombres porque Satanás, que dormita en cada una de estas solapadas criaturas, sería capaz de incitarle a contemplar con ojos golosos  el torso velludo y musculoso de los veraneantes. El barbudo resopla en las ondas azules, levanta golpes de mar  de espuma blanca y se aleja a gran velocidad  hacia el mar abierto con un estilo mariposa frenética. Nos sorprendemos soñando  que los tiburones no son perjudiciales en algunas circunstancias

Ocurre que la barbeta entoldada es autorizada a sumergir en el mar su cuerpo hasta el cuello. Cuando sale del agua, el tejido está pegado voluptuosamente a su piel desnuda bajo su atavío, ofreciendo a la vista del público hasta la menor sinuosidad de sus curvas de hembra.Las tetas, los pliegues más íntimos y todas las hendiduras de su anatomía se exhiben con tanta evidencia como los más atrevidos de las películas clasificadas X. 

Una niña de edad de siete - ocho años hace flanes de arena dando chillidos alegres. Risueña y festiva por cuántos veranos todavía antes de que una capa textil, una mortaja semejante a la de su madre, venga recordarle que tiene la desgracia, incurable handicap congénito,  de ser chica y pronto mujer en el país de los hombres, aquí y a perpetuidad sin esperanza de remisión.


Haz pasteles de barro, niña,  diviértete mientras tengas el pecho plano, lejos del peligro que te espera para preservarte de la feminidad que ya patea con impaciencia a las puertas de tus ocho años. Tienes todavía unos pocos,  antes de ser declarada apta para el consumo del macho. Ve allá, mi pequeña, persigue tu gorjeo como un arroyo que fluye sobre las piedras, apresúrate a aprovechar  al máximo la  felicidad estival del mar y del sol, hazlo rápido, rápido,  porque la cuenta atrás ha comenzado. ¿Pero lo sabes,  criatura feliz e inocente? Corre para hacer zambullidas en esta agua que envuelve tu cuerpo endeble e inútil, incomestible porque es aún asexuado, el agua maravillosa del estrecho de Gibraltar, el agua a la cual todavía tienes derecho, una agua donde se entrelazan milagrosamente las tres corrientes, las de mi Mediterráneo, del Atlántico, y  la de las alcantarillas que vierten generosamente en la bahía todo el vaciado humano e industrial de este radiante y sin embargo común día de verano en Tánger".
                                                                                                          Lotfi Akalay.

* Fotos: 24 junio/ 01 julio, 2012. Marian del Toro. Tánger y alrededores.

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