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jueves, 3 de noviembre de 2016

BAY, BAY, SR. MINISTRO...


Adiós, sr. Ministro de las cloacas del Estado…

     Tu paso por el ministerio no ha dado árboles de frutos ni flores, sino ruinas de una naturaleza muerta. Segura estoy de que no corría la brisa desde hace tiempo en las ventanas de tu sede oficial, porque has sido un ministro incendiario y saqueador.
     Has ido de cacería en cacería, incapaz de situarte ante la fragilidad de la vida humana.
      Has demostrados que los “caballeros medievales” viven acariciando sueños de poder y que aman más los oropeles que a las personas, tú, tan entusiasta de homenajear y condecorar ídolos de barro e incapaz de conmoverte ante el extranjero herido.
       Has vivido más preocupado por los movimientos de los “reyes” vecinos, apoyando las guerras, más aún si las consideras “santas”, porque tu enemigo es siempre un infiel. Y hasta la  paz, la impones con tus sables.
      Has criado una jauría de mastines voraces que han dejado regueros de sangre que no va a borrar el polvo del camino. Y de vez en cuando, les das unos azucarillos para recompensar su labor.

Foto: José Palazón.
     Todos esos que consideras “ilegales”, deberían escupirte la palabra “inmoral”, a ti, incapacitado para mirar a los ojos de víctimas inocentes, a sus hermosos cuerpos vencidos por heridas, ojos que contrastarían con tu arrogante mirada.
     Serás reconocido por todos porque, a tu paso, se sentirá el hedor que dejan los que siegan la vida humana.
 Y el que siega esa vida, es un enemigo de la naturaleza.

   También es mi enemigo.
     Y quien destruye la vida, donde quiera que sea,
    tiene su corazón lleno de muerte.

Foto: Antonio Ruiz.
     Dicen que quien destruye la vida ajena, es porque odia la propia…  
Y aunque reces y reces una y otra vez, no puedes escuchar la voz de Dios… La que crees que es su voz, es más bien la de tu odio por la vida.
      Eres el ejemplo de que los hombres menos libres en el mundo son los que tienen el poder en sus manos.

       Porque siempre vivís prisioneros de vuestras cortes, vuestros oros, vuestros aduladores, vuestras  patrias, y, sobre todo, de la ley.
      Esa ley tuya que nos ha hecho llorar tanto, dolernos tanto por las trampas.  
      Vete en paz, déjanos alguna esperanza,  aunque sea incierta con tu sucesión.
       Y nosotros, abramos las ventanas y, aún solo en este momento, en el de tu partida, seamos felices y compadezcámonos de tu pobre y encogida figura.




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