Páginas vistas en total

lunes, 22 de abril de 2013

BAJOS LOS SICOMOROS... Cuento del Nilo III


       "Aunque mis ojos ya no puedan ver ese puro destello, que me deslumbraba. Aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor en la hierba de la gloria en las flores, 
no hay que afligirse. Porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo".
                                              William Wordsworth


Y en mi paisaje  siembro sicomoros para que los abraces….

     
Es la última tarde y paseamos por La Corniche, bajando hacia el hotel.
      Por momentos, la certeza de que aquellos son los últimos instantes de este viaje se va interiorizando en mi ánimo…
      El se ha detenido un momento,  y me mira señalándome el árbol bajo el que estamos pasando.
      Un  sicomoro, seguro que centenario, crece a la orilla del Nilo, y mi mano acaricia alguna de sus hojas mientras él me habla de sus recuerdos bajo otros sicomoros, en la zona del Delta, de cuando  eran niños y pretendían sus frutos  subiendo en su búsqueda.

Imagino a un pequeño adolescente,  en el camino de su casa a la escuela, con los libros bajo el brazo, quien antes de entrar a su clase, ha ido a comprar un periódico que leerá después bajo las ramas de la falsa higuera oriental… ¡Cuantas horas de dicha dedicadas a este menester, que ha seguido manteniendo a lo largo del tiempo!

   Y suenan en mi palabras de canción:
   “Observa como me derrumbo, como crezco y me reconstruyo a la sombra de los sicómoros que has plantado a lo largo y ancho de mi alma. Mírame firme con esos ojos que derriten montañas de cosas absurdas y arrópame con tus pestañas una vez más, aunque sea domingo, aunque no tengamos tiempo, aunque las obligaciones nos hayan arrancado las mantas y empecemos ya a tiritar de frío.

       Será que esta noche las flores que iluminan mi habitación no alumbran lo suficiente si no las riegan tus manos. Será que si no me riegas a mí siento que me apago con ellas. Será…
 será que te necesito."

      Recuerdos literarios me traen a la memoria a Sinué (Sanehet),  el “hijo del Sicomoro"; a Amós, en la Biblia, o a Zaqueo, que se sube a un sicomoro para ver a Jesús; También en la Midshná hebrea se dice que en la Baja Galilea, al sur de Kfar Hasnanya, crecen abundantemente.


 

        Dicen los historiadores que el sicómoro empieza a mencionarse en épocas predinásticas en el Antiguo Egipto. En algunas ocasiones se habla de  Egipto como de "el País de los sicomoros", y al árbol se le llamaba falsa higuera o higuera egipcia. Según Zohay y Hopf, los egipcios eran los únicos que cultivaban este árbol, muy fácil de reproducir mediante esquejes.
       Debido a su madera incorruptible, lo relacionaron rápidamente con la muerte y la resurrección; de ahí que se plantaran cerca de las tumbas y que los ataúdes se construyeran cuando era posible con su madera blanda y ligera. También se hacían amuletos con la forma de sus hojas.
       Al principio, la tapa del ataúd se identificaba con la diosa del cielo Nut, aunque, con el tiempo, el árbol acabó identificándose también con Hathor y con Isis, las tres señoras del sicómoro. Es normal encontrar representaciones en las que aparecen Hathor o Nut subidas a un sicómoro dando de comer o de beber al ba del difunto. Nut adopta entonces el papel protector, hospitalario  y compasivo de Hathor. Como árbol del viajero, era Hathor quien ofrecía sus higos a los viajeros que se encontraban con uno de estos árboles en el camino.
Hathor aparece a veces como la “Dama del sicómoro" porque, escondida entre sus hojas, en los límites del desierto, ella salia para ofrecer a los muertos el agua y el pan de bienvenida.
   El ataúd de Osiris estaba construido con madera de sicomoro y recibía la sombra del mismo árbol. Ser enterrado en un ataúd de esa madera significaba ser acogido por el abrazo de la gran madre en forma de Isis, Hathor o Nut.
     Un jeroglífico nos muestra dos sicómoros iguales en el horizonte del este,  como si fueran las puertas del cielo por las que emerge cada día el sol, de ahí que también se le conozca como “El gran árbol de horizonte oriental”.
                                  *** ********* ****** ***   
     Queda ya atrás el árbol de nuestro paseo y él sigue contándome hermosas historias, y acaricia la mano que he dejado apresar antes entre la suya, mientras siento que yo,  en estos instantes, me traslado a otro destino donde sus ojos ya no me miran. 
       Iba a terminarse aquel paréntesis para volver a la constante ausencia, en la que mi boca pronunciaría su nombre sin respuesta inmediata.
         Aquel paseo me iba dejando un poso melancólico, junto a la sensación nostálgica de un final de película de amor. 

          Y seguía, además, escuchándole hablar, sin dejar de sorprenderme por aquella mágica manera de hilvanar palabras en un perfecto castellano, que, de alguna forma, me transmitían su forma de quererme.

          Pero el final de este paseo no ha de parecerse a una despedida... Lo queremos así, y no puede ser de otra forma. Ni una lágrima, ni un adiós, ni una queja...

         Aunque en Madrid, dentro de poco, pida a gritos su presencia y me diga, abrazada a la almohada, lo mucho que le extraño , recordando las últimas caricias que ha dejado prendidas en mi piel y que son mi equipaje de vuelta...


     Cuando regresé, sabía que el riesgo sería pasar muchos años persiguiendo un recuerdo perdido.


        Lo se, ahora, mucho más...

       Sé que recordaré con nitidez las sensaciones de este regalo inesperado que se me ha dado. Que las divinidades me protegerán bajo sus alas para que no se apague la luz que inunda mis días hoy, y que el padre Nilo, seguirá meciéndome en sus aguas con suavidad.

       Como una recreación de la historia de Moisés, he llegado abandonada a los juncos del río, donde fui encontrada y adoptada para una vida nueva.

        Crecerán mis  sueños entre mitos y leyendas, pero con la energía de una historia real,  que me hace viajar a la grupa de un tiempo con tu nombre grabado en el tronco del sicomoro.

De alguna manera, he renacido...
          como el sol que nace y muere cada día, para renacer en el siguiente amanecer.




          Cuento del  Nilo I


Cuento del Nilo II




2 comentarios:

  1. Al leer este pequeño relato inspirado en el "SICOMORO" me lleva 50 años atrás cuando leí por primera vez la novela de Sinuhe el Egipcio. La he releido muchas veces más y el principio del relato, bajo el sicomoro. Se me quedó gravado para siempre.
    EL ANTIGUO EGIPTO ME APASIONA.
    Unsaludo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchísimas gracias, Pedro, me alegra que te haya resultado gratificante mi relato. También para mí Egipto es un lugar especial, al que tengo que acudir algunas veces para recobrar energías.

      Eliminar